Elisa G. McCausland

No hay sangre

Por mucho que corto,
por mucho que intento llegar
al centro,
no me encuentro.

No hay sangre
en mis manos,
en mis venas,
en mis labios
suficiente
para contenernos.

Solo hambre de futuro,
solo ganas de comprender el cuento
que me dictas
sin sentido
sin sentimiento…

…para poder llevarte
al otro lado del espectro
invisible, sin aliento.

Somos fantasmas
de un siglo
que nos debe
el firmamento.

No hay sangre,
no hay cuento,
no hay futuros
suficientes
para dejar de imaginarlo TODO
incierto,
oscuro,
distante.

Como un agujero
que se debate
entre el rojo de nuestra carne
y el negro.

Epílogo

Permanece, en este cuerpo, el miedo.
A la oscuridad.
A lo que podría ser.

A la sangre entre las manos.

Nada que ver con el miedo al propio cuerpo
(a lo que se va por el desagüe),
a la asignación de género,
a querer hacerse responsable de toda aquella propaganda
que atraviesa los cerebros y promete confort
a dentelladas.

No.

En un mundo de ciencia ficción como el que nos atenaza,
la farmacopedia ha desplazado
a Juno y a Deméter. Tener útero
poco tiene ya que ver con la tierra
fresca y removida.
Con el mito.
Con la magia.
Tiene que ver con la bendita esclavitud
de un sistema de poder,
con la desobediencia,
con Lilith sindicándose porque no quiere
que sus hijas se conformen con una mera reforma del contrato.


Eludir la definición:
Soy no-mujer.
Soy sistema abierto.

Salirse del marco.
Escribir desde los márgenes,
fuera del cuerpo.
Pues hay sed de sangre.
Y necesidad de pactos.

Despiertas y sin miedo.
Resucitadas.
Vestidas todas de blanco.
Nuclear.
Preparamos los lienzos yermos
desde donde crear un nuevo
y bravo mundo.
El talento como metralla orgánica.
No es venganza; es empuñar el verbo,
asumir el instinto
y abrir en canal al enemigo.

Frente al espejo.

Elisa McCausland

Epílogo para la antología poética Sangrantes (Origami, 2013)

 

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